Este mes celebramos el Día de la madre, una fecha donde las protagonistas se han ganado todo el cariño y amor con muuuucho, mucho esfuerzo, porque ser madre no es una tarea fácil. Pero eso no signica que tengamos que ser perfectas, sino buscar ser una madre “saludable” para una misma y para su hijo, una madre que atiende a las necesidades del niño y conecta con él.

El amor de los padres hacia sus hijos es incuestionable. Lo que sí debemos cuestionarnos (y mucho) es el cómo lo hacemos, cómo demostramos ese amor y cómo educamos a nuestros hijos. Nadie nos ha enseñado cómo ser padres “suficientemente buenos”, y lo que los niños necesitan para ser unos adultos sanos es precisamente eso: madres y padres suficientemente buenos, que les quieran y acepten tal y como son, que demuestren lo mucho que les quieren y que sepan sostenerles en sus momentos difíciles.

Sostener no signica que los padres tengan que solucionar sus problemas ni responsabilizarse de sus cosas. Y tampoco significa dejarles a su suerte. Los modelos educativos basados en la permisividad, o por el contrario en el autoritarismo, son muy dañinos para el sano desarrollo físico y emocional del niño. En una educación permisiva hay libertad sin orden, y en modelos con un control excesivo hay orden pero no libertad. En cambio, una educación basada en la firmeza con amor y respeto, sin gritos, ni castigos (ni premios) nuestros hijos podrán desarrollarse con libertad y con orden.

Vamos a tratar de explicar esta metodología. No castigar a nuestro hijo no significa que se le permita hacer lo que desea, sino encontrar soluciones de forma conjunta de tal manera que se implique en las decisiones sobre su vida. Los límites y normas son necesarios, pero los niños no deben ser sólo receptores de las reglas que los padres imponemos, en muchas ocasiones sin tener en cuenta las opiniones o necesidades de nuestros hijos. Los niños deberían poder elegir cualquier cosa que esté dentro de unos límites y que sea respetuoso para el resto. De esta forma les ayudaremos a desarrollar su sentido de la responsabilidad, algo que nunca conseguiríamos si somos muy estrictos o por el contrario permisivos.

Es importante analizar nuestras conductas como padres sin tratar de buscar los “por qués”, y pensando más en los “qué”, “cómo” o los “para qué”. Cuando el niño o adolescente se da cuenta de lo que hace y cómo lo hace, puede hacerse responsable de su propia conducta, y por tanto modificarla si es necesario. Si sólo buscamos los “por qué” de sus decisiones probablemente sólo encontraremos justificaciones, excusas y una actitud defensiva. Te invitamos a que lo pruebes contigo mismo. Busca una situación en la que te hayas equivocado y hazte las siguientes preguntas:

Y ahora, pregúntate ¿Por qué lo he hecho?

Toma conciencia de dónde te ha llevado cada pregunta: ¿al aprendizaje? ¿a la reflexión? ¿a la asunción de responsabilidades? ¿a la justificación?
Si involucramos a los niños en las decisiones, y tratamos de que se den cuenta de que sus errores son maravillosas oportunidades de aprendizaje, sin castigarles ni juzgarles, sólo tratando de que aprendan de ellos, estaremos educando desde la motivación intrínseca de querer mejorar y asumir sus propias responsabilidades, desarrollando sus capacidades y habilidades para que puedan salir al mundo con una sana autoestima y una buena relación con lo que les rodea.

Si ponemos el foco en que desde que nacemos hasta nuestra etapa adulta es un periodo de construcción de uno mismo y de profundos aprendizajes, entenderíamos que las conductas disruptivas de nuestros hijos, lo que solemos llamar “malos comportamientos”, no son otra cosa que un síntoma de que algo les está ocurriendo. Un ejemplo: cuando nuestro cuerpo lucha contra una infección, un indicativo de que algo nos está ocurriendo es la ebre, aunque muchas veces no seamos capaces de identificar la causa. Con la educación pasa lo mismo. Muchas veces, simplemente los niños no saben lo que les pasa, no saben expresarlo o no saben regularlo de una manera respetuosa para ellos mismos y su entorno (sin gritos, patadas, rabietas…), y es necesario que aprendan e integren vocabulario emocional, identifiquen emociones y sepan autorregularse, para que esos comportamientos disruptivos vayan poco a poco disminuyendo. Nuestra responsabilidad es tener una conducta que les ayude a que lo consigan porque, como dijo Einstein “El ejemplo no es otra manera de educar, es la única”. Nuestros hijos no aprenden por lo que les decimos (por eso las charlas y sermones tiene tan poco efecto), sino por lo que nosotros hacemos. Aprenden a través del modelado.

Y es que muy a menudo los niños se convierten en nuestros síntomas. Ellos ponen encima de la mesa algo que está ocurriendo en su entorno más próximo, su familia, como si fueran las alarmas que se disparan cuando algo va mal. Así que, si detectas que algo le está ocurriendo a tu hijo, antes de buscar responsabilidades fuera (colegio, amigos, profesores, etc.), mira hacia dentro, obsérvate, porque puede que ahí encuentres la respuesta. Pero, retomando la idea de que no somos perfectos en ninguno de los roles que ejercemos en nuestra vida, nosotros también deberíamos asumir nuestros propios errores como oportunidades de aprendizaje, sin necesidad de sacar el látigo para fustigarnos, y poniéndonos manos a la obra para aprender. Porque los padres también somos humanos y también necesitamos AMOR, PACIENCIA Y ENTENDIMIENTO

Publicado en la Revista “Majadahonda al día”.

Almudena Campo & Vanessa Bertomeu
DP Tejiendo Redes

 

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