Si os pidieran que definierais el talento, probablemente la mayoría de respuestas serían del tipo “una persona que destaca y triunfa por sus dones pudiendo llegar a ser número uno en lo suyo”, y os pidiéramos ejemplos, probablemente la mayoría diría “Messi, Cristiano o Nadal”. ¿Y el resto de los mortales? Ese 99,9% de la población que no “destacamos” especialmente ni “triunfamos” siendo el número 1 del mundo… ¿No tenemos talentos? ¡Por supuesto que sí los tenemos! La dificultad radica en tomar conciencia de ellos, porque nunca nos han enseñado a verlos, reconocerlos y valorarlos. Además cada uno tenemos los nuestros particulares. ¿Acaso Nadal tiene los mismos talentos que Federer, aun siendo los dos tenistas? No, cada uno tiene unas características especiales…

¡Por supuesto que sí los tenemos! La dificultad radica en tomar conciencia de ellos, porque nunca nos han enseñado a verlos, reconocerlos y valorarlos.

Lo que sí tienen en común los talentos, sean los que sean, son tres ingredientes:
• La pasión y el amor que le ponemos al hacer las cosas: imprescindible para desarrollar esa excelencia de hacerlo desde lo mejor de uno mismo.
• La actitud con la que enfrentamos el mundo: el pensamiento, la emoción y la acción encaminadas hacia la diversión, el descubrimiento, la perseverancia y la resiliencia.
• Y el tercer ingrediente mágico: el compromiso con uno mismo, que adquirimos y mantenemos. Mantener ese compromiso también en los momentos bajos, difíciles, incluso renegociar con nosotros mismos si hace falta para adaptarse a las circunstancias, pero no abandonar nuestro compromiso.

Lo que sí tienen en común los talentos, sean los que sean, son tres ingredientes: LA PASIÓN Y EL AMOR, LA ACTITUD Y EL COMPROMISO

Imagina por un momento, algún gran objetivo que te fijaste y que, pese a todo, conseguiste. ¿Qué mecanismos internos tuviste que poner en marcha para conseguirlo? Probablemente, si rascamos un poco dentro de nosotros, seamos capaces de reconocer algún talento detrás. Si somos capaces de ver y reconocer nuestros propios talentos, seremos capaces también de ver y reconocer los de los demás, especialmente de las personas que nos rodean. Y como en Tejiendo Redes, siempre tenemos en nuestro radar a los niños y adolescentes, nos parece imprescindible que nosotros, como padres, reconozcamos los talentos de nuestros hijos y les ayudemos a potenciarlos.

Si somos capaces de ver y reconocer nuestros propios talentos, seremos capaces también de ver y reconocer los de los demás, especialmente de las personas que nos rodean.

La pregunta estrella es… ¿Cómo hacerlo? Pues como siempre, insistimos en que la única forma de enseñar es con el ejemplo. Si nuestros hijos ven nuestra pasión en lo que hacemos, la actitud con la que enfrentamos nuestras “tareas” y no abandonamos nuestros propios compromisos, tendremos gran parte del trabajo hecho. Si encima potenciamos sus pasiones, estaremos haciendo una grandísima y necesaria labor con nuestros hijos. Incluso aunque sus pasiones no sean ser médico, ingeniero o futbolista.

La única forma de enseñar es con el ejemplo.

Dejar espacio a nuestros hijos para que hagan y desarrollen lo que realmente les gusta. Darles la opción de que prueben hasta que encuentren aquello que realmente les satisfaga y les apasione, sin imposiciones. Entendiendo a nuestros hijos como seres independientes de nosotros, con otros gustos, inquietudes y habilidades diferentes. Y quererles por quienes son, no por sus comportamientos. Están ensayando para la vida y como todos nosotros, se van a equivocar muchas veces. El único que se equivoca es el que lo intenta. Así que como cierre de este post, sólo decir que les demos espacio para que sean ellos mismos y demos las oportunidades que sean necesarias a nuestros hijos para que desarrollen sus talentos. ¡Que son muchos!

Dejar espacio a nuestros hijos… seres independientes de nosotros, con otros gustos, inquietudes y habilidades diferentes. Y quererles por quienes son, no por sus comportamientos.

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