Os proponemos una reflexión: ¿cuántas actividades extraescolares escogen verdaderamente nuestros hijos? Seguramente muchas menos de las que deberían. Creemos oportuno que como padres y adultos debemos ofrecer a nuestros hijos una guía, por ejemplo, iniciarle en los deportes. Aun así, tiene que ser nuestro hijo quien decida qué deportes son los que más le gustan. Muchas veces esto significa probar y cambiar de deporte varias veces, incluso simultanear varios. Es importante resaltar que si se apuntan a un deporte un año, tienen que terminar ese año si no hay causa extraordinaria que lo impida. Si quieren cambiar, debemos tratar de explicarles que tienen que terminar la temporada como aprendizaje de compromiso con sus decisiones, asunción de responsabilidades, etc., y seguir probando. Lo mismo con otras actividades: música, pintura, baile, teatro… Dejemos que elijan su ocio. ¿Acaso nos gusta a nosotros que nos diga nuestro jefe lo que tenemos que hacer en nuestro tiempo libre?

 

Y para nosotros, la gran pregunta sería… ¿para qué?… ¿para qué obligamos a que hagan una u otra cosa en su tiempo libre? Nuestra primera respuesta probablemente será, “por su bien” … Por su bien y su futuro deben estar preparados académicamente y tener el mayor número de conocimientos en el mayor número de materias posible. No discutimos esta cuestión. Lo que sí cuestionamos es cuándo y cómo. Sobre todo, cuestionamos no darles las mejores herramientas de competencia emocional, preocupándonos sólo de lo académico. Nunca cuestionamos nuestro amor de padres hacia nuestros hijos y que hacemos las cosas con la mejor de nuestras intenciones, pensando en lo que es mejor para ellos. Pero como todas las personas de entre 0 y 99 años, también nos equivocamos.

 

En Finlandia, los niños aprenden a leer entre los 6 y los 7 años, y según los resultados del Informe PISA 2016, están a la cabeza europea y mundial en ciencias, matemáticas y lengua. La neurociencia ha demostrado que la plasticidad de nuestro cerebro es un fenómeno que dura toda la vida, no sólo se da en la infancia. Lo que sí creemos importante fomentar es un aprendizaje emocional. En definitiva, el desarrollo de la inteligencia emocional*: la intrapersonal (lenguaje emocional, conciencia de mis emociones y de lo que me pasa y autorregulación) y de la interpersonal (empatía, comunicación asertiva, escucha activa, etc.).

 

La inteligencia emocional no se desarrolla aprendiendo a leer a los 3 o 4 años, ni aprendiendo idiomas en clases particulares o extraescolares desde los 3 años. Y así un sin fin de otros conocimientos que pretendemos que nuestros hijos aprendan “cuanto antes”.

 

Nosotras defendemos la socialización, el juego libre, la interacción con el entorno, el desarrollo y potenciación de las habilidades y capacidades desde un lugar sano. Desprovisto de una competitividad que no corresponde por muchos motivos. El principal, porque la motivación debe ser intrínseca al ser. El buscar motivaciones en lo externo (por ejemplo, ganar al de al lado), nos puede dar resultado a corto plazo, pero es probable que, a medio plazo, la motivación desaparezca y con ella, el esfuerzo, la constancia, el hacer las cosas por el placer de hacerlas, sin tener como objetivo único el resultado que obtendremos. Y por supuesto, estableciendo un vínculo sano con nuestros hijos. Afectivo, amoroso, estableciendo límites (y cumpliéndolos unos y otros), escuchándoles y prestándoles atención. Preguntando antes de regañar, y acogiéndoles cuando lo necesitan. Enfocándonos en soluciones cuando se equivocan y no penalizándoles por ello, sino tratando de que asuman las consecuencias naturales de sus equivocaciones. Sobre todo, asumiendo que nosotros también nos equivocamos y estamos lejos de la perfección (ni sería sano ser perfectos). Y como padres, también.

 

 

*Salovey y Mayer 1997.

 

 

 

 

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