Más de un padre se va a echar las manos a la cabeza cuando sepa que su hijo tiene que repetir. Y es normal. A todos nos gustaría que nuestros hijos fuesen estudiosos, responsables y que sacasen notas excelentes. La realidad es que no todos los niños son así, o mejor dicho, no se comportan de esa manera. Muchos padres se encuentran en casa con hijos desmotivados, sin ganas de estudiar y que se les ocurren tropecientas mil cosas antes que ponerse a estudiar. Aquí la imaginación y la creatividad se les dispara y encuentran mucho más divertido observar el vuelo de una mosca que leer, memorizar, o hacer problemas. Y no nos extraña nada, la verdad. Sin querer echar balones fuera, tenemos un sistema educativo que no funciona. El tradicional, el que lleva decenios imperando. Y no funciona, por muchos motivos. No nos vamos a poner a analizar ahora este sistema ni tampoco las posibles alternativas (algunas probadas y constatadas incluso en colegios de este país). Hoy queremos centrarnos en los niños y adolescentes y en cómo pueden convivir y superar este sistema sin que el pago por ello sea demasiado alto.

A todos nos gustaría que nuestros hijos fuesen estudiosos, responsables y que sacasen notas excelentes. La realidad es que no todos los niños son así, o mejor dicho, no se comportan de esa manera.

Para empezar, el desarrollo madurativo de cada niño es singular. Si además tenemos en cuenta que en la misma clase hay niños que tienen hasta un año de diferencia (los nacidos en enero con los nacidos en diciembre), ya tenemos un gran elemento que puede distorsionar su desarrollo educativo. Pensemos en un niño recién nacido y un niño que acaba de cumplir un año. La diferencia en cuanto a su desarrollo en todos los aspectos es abrumador. Pues pasa igual con los niños de todas las edades, hasta que llegan al final de su adolescencia y empiezan la etapa adulta. Entonces, ¿por qué exigimos que un niño tenga la misma capacidad de comprensión y entendimiento que otro? Y esta es sólo la primera diferencia. Influyen otros muchos factores: el ambiente familiar, el entorno cercano, la sociedad donde crecen, incluso el lugar geográfico, porque sí, hasta el clima influye.

¿Por qué exigimos que un niño tenga la misma capacidad de comprensión y entendimiento que otro?

Así que, si un niño, con capacidades diferentes (todos somos especiales y diferentes), intereses y motivaciones diferentes, tiene “fracaso escolar” y tiene que repetir curso para poder adecuar su nivel madurativo, cognitivo, emocional, incluso en ocasiones físico, bienvenido sea. ¿O acaso preferimos que nuestro hijo no repita porque nosotros, los padres, lo vemos como un fracaso, aunque sea lo mejor para nuestro hijo? Probablemente la respuesta sea que no. Que queremos lo mejor para nuestros hijos. Y por cierto, hemos escrito “fracaso escolar” entre comillas, porque para nosotras, el fracaso suele ser del sistema educativo y también puede serlo del sistema familiar. O ambos. Además, os proponemos que os paréis a pensar lo que supone un año en el conjunto de toda una vida…

Si un niño tiene que repetir curso para poder adecuar su nivel madurativo, cognitivo, emocional, incluso en ocasiones físico, bienvenido sea.

Y una vez hablado del tema de las diferencias en el desarrollo madurativo del niño, nos gustaría hablar un poco de capacidades y motivaciones. Todos tenemos unos talentos concretos y todos diferentes (ya profundizaremos en este tema en otro post, que merece ser tratado aparte), y nuestras motivaciones también están condicionadas por estos talentos. Piensa por un momento, aquello en lo que sientes que eres realmente bueno, o con lo que disfrutas al máximo y en cómo te sientes cuando estás realizando esa actividad. Probablemente la respuesta sería parecida a: contento, satisfecho, concentrado, motivado, poniendo lo mejor de nosotros al servicio de esa actividad. Pues lo mismo ocurre con los niños. Claro, no podemos pretender que les guste la lengua, la historia, las matemáticas, la ciencia… Todas esas materias a la vez. Y que además de que no les guste, lo hagan bien, y saquen buenísimas notas. Entonces, ¿cómo podemos motivarles?

Nuestra tarea como padres, es hacer que ellos mismos tomen conciencia de lo que más les gusta y mejor se les da y tratar de potenciarlo. La dificultad radica en que a veces la desmotivación es tan grande que parece que no son buenos en nada (generamos niños incapaces por muchos motivos: sobreprotección, exceso de exigencia, etc), y que nada les gusta. Si crecen teniendo más o menos claro lo que les gusta, será más fácil que sepan lo que quieren hacer de mayores y poco a poco podrán ir encaminándose hacia ese objetivo. Conseguir que se fijen un objetivo no es tarea fácil, pero se puede hacer. Y ese objetivo, meta, sueño, habrá que desglosarlo en pequeños hitos, mini objetivos, para que puedan ir alcanzándolos y se motiven cada vez que consigan alcanzar uno de esos hitos.

Si crecen teniendo más o menos claro lo que les gusta, será más fácil que sepan lo que quieren hacer de mayores y poco a poco podrán ir encaminándose hacia ese objetivo.

Esto no sólo genera motivación, también hace que desarrolle una sana autoestima, valorándose, capacitándose, generando también tolerancia a la frustración cuando alguno de ellos se les resista y tenacidad y esfuerzo cuando sigan intentándolo hasta conseguirlo. Poco a poco entenderán que hay que pasar y superar asignaturas, que aunque no les gusten nada, es necesario hacerlo por el bien mayor: conseguir sus objetivos. Nuestra tarea: acompañarles en ese camino, alentarles y mientras son pequeños, guiarles. Sabemos que no es tarea fácil. En Tejiendo Redes, somos partidarias de solicitar acompañamiento para nuestros hijos, sobre todo si ya están en la adolescencia. El motivo es clave: no reciben de la misma manera la posible guía de los padres para tratar de desarrollar la automotivación y conseguir así sus objetivos, a la que otros profesionales les ofrecen. Nosotras desde luego, así lo hacemos con nuestros propios hijos. Y funciona.

Almudena Campo & Vanessa Bertomeu
DP Tejiendo Redes

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